¡Jo, qué noche!, por Martí Sales

Se ve que no era ni medianoche y ya íbamos metiéndonos rayas en medio de la calle. Yo le puse los cascos de mi iPod a un paki de las cervezas y bailamos juntos un funky, se ve. Dicen que en un callejón pasó un coche y lo paramos de un golpe en el morro, dando órdenes y sacudiendo nuestras carteras abiertas como si fueran placas de la poli. También me contaron que jugamos un partido de fútbol en la Plaça Reial con unos italianos y que luego, en el Pipa Club, me embronqué de manera muy gratuita con los de la mesa de al lado y ya nos íbamos a pegar cuando Dani –el grandullón que me acompañaba– apaciguó la situación con solo levantarse. Fuimos a pillar al Poble Sec y por lo visto tuvimos un problema absurdo de gramos con la Tere y nos quedamos secos y estábamos hartos de dar tumbos y muy pedos así que cogimos el metro. Después sí que me acuerdo. Recuerdo que, de repente, cual alud, llegó el desamparo. Qué fue exactamente lo que pasó, nadie lo sabe, pero en solo cinco segundos todo aquello que nos divertía pasó a darnos asco y toda la confianza ciega en el futuro espléndido de nuestras vidas y noches se convirtió en una desazón negrísima e insondable: el desastre nos había alcanzado. Ya no éramos personas, éramos un callejón sin salida, nuestro impulso, pura flatulencia y un espejismo como una catedral nuestro supuesto rumbo, nuestras supuestas convicciones. Descubrimos el autoengaño y en seguida la autocompasión, que acudió instantáneamente como movida por el mismo resorte que dispara la cabeza de payaso de la caja de bromas. Rompimos a llorar. Como si fuéramos una pandilla de mocosos. Llorábamos a pulmón sepultados delante del Majestic. El sol no se decidía a salir o no había salido –o había salido y no lo veíamos; nosotros a lo nuestro, llorando. Llorábamos como si se acabara el mundo. Llorábamos como si se nos hubiera muerto la madre, el hermano, el hijo. La gente que pasaba por nuestro lado no entendía nada. Nosotros menos.

Sé el primero en comentar