Sámpions lij, por Antonio Baños

Antonio Baños

Hay un acuerdo general en pensar que la culpa última de la crisis se debe descargar sobre lo que se conoce como “economía de casino”. Es decir, el ejercicio de la actividad financiera de manera arriesgada y cortoplacista, orientada tan solo al beneficio inmediato y personal. Cuando uno habla de la economía de casino, inmediatamente le viene a la mente la sala de la ruleta de Monte Carlo o el black jack de las Vegas con su mezcla de magnates, industriales coreanos y jubilados de Miami.

Sin embargo en España la acepción economía de casino tiene un imaginario totalmente diferente y peculiar. En España lo que hemos sufrido es una economía de casino, sí. Pero de casino provincial. El casino provincial era ese café entre solemne y ajado que se encuentra en todas las ciudades pequeñas y medianas. En el casino provincial se reunían para jugar al tute las fuerzas vivas: el cura, el terrateniente, el capitán de la Guardia Civil, el banquero, el cacique y el político. Como en los relatos de Galdós, la España del siglo XXI, y sobre todo su economía, se han ido construyendo desde los tapetes verdes de esos casinos metafóricos que hoy tienen la forma de consejos de administración de empresas públicas. Mientras asistíamos a la internacionalización de grandes firmas bancarias (Santander), las cajas regionales se volcaban en la política de caciquismo que ya acabó con la Restauración a finales del XIX. Conchabeo, intereses personales y de partido, relumbrón y oropel en las obras públicas. Todo ello se nos está pudriendo en las manos lentamente. Un proceso de mentiras y justificaciones impropio de un mundo tan dinámico y cruel como es el de las finanzas globales. Europa y el mundo se han desesperado con nosotros.

Primero porque teníamos el mejor sistema financiero de la galaxia, luego ya nos conformamos con la sámpions lij. Mientras aquí solo se admitían pequeñas dificultadas, en el exterior íbamos ávidos de financiación para oxigenar al cadáver. Se hicieron unas pruebas de riesgo que la banca española superó de manera igualmente misteriosa a cómo un chino se saca el carnet de conducir. Llegó después Basilea III, una serie de estrictas normas de contabilidad que, también de manera increíble, nuestros bancos dijeron que podían aplicar super tranquis. Y mientras nada se decidía y todo quedaba en el aire, el panorama político era paralizante. Entre las elecciones, que debíamos encontrar una salida digna a los nuestros y entre que a Rato no le daba la real gana que los catalanes de Caixabank mandasen sobre Caja Madrid, han pasado cinco años de crisis en los que hemos estado rezando el rosario.

Y ahora el agujero es catastrófico. La actuación de políticos y banqueros españoles debe ser ininteligible para cualquier extranjero que no esté familiarizado con la novela picaresca. En España, el honor es lo más importante. Las apariencias. Y así, nos volcábamos en la chorrada de la Marca-España, las glorias de Rafa Nadal y tonterías varias todo por mantener el mentón alto y la reputación sin tacha. Aquí no pasa nada. España es sólida. No somos Grecia. Orgullo de hidalgo.

El caso de Bankia tiene, además de las financieras, unas consecuencias metafóricas que no pueden ser obviadas. Caja Madrid era el motor simbólico de un proyecto de construcción española al que se han dedicado los últimos tres lustros. Centralismo, megalomanía, Valencia como puerto de Madrid, concentración de riquezas y poderes, palco del Bernabeu. Y de nuevo oropel, riqueza suntuaria, fiestas, buena imagen… Un liberalismo de estado encarnado por Esperanza Aguirre y Gallardón que han dejado al centro de ese proyecto, la ciudad de Madrid, con 7000 millones de deuda. No solo cae Bankia. Cae la España que soñaron Aznar y Zapatero desde 1996. Y el problema es que nadie tenía pensado un proyecto alternativo para cohesionar productiva y simbólicamente la península. Ya lo dijo Lisboa: ¿ave a Madrid? Ni hablar. ¿Para qué? Es el centro de un imperio al que nadie quiere acercarse. Mala cosa.

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