‘Los huerfanitos’: entre el ay y el ¡que se estampen de una vez!

Santiago Lorenzo hace, entre otras, cosas como esta:

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Hoy, en la presentación del último libro que ha escrito -’Los huerfanitos’ (Blackie Books)-, Jordi Costa le ha dicho que le hace pensar en aquel niño del colegio que, durante el recreo, de un hueso de melocotón te hacía un silbato. Jordi Costa ha seguido hablando (antes había hablado Miqui Otero también) del libro, de las películas (‘Mamá es boba’, ‘Un buen día lo tiene cualquiera’), de la exposición (‘Juguetería’), de todas las cosas que, igual que los silbatos, Santiago Lorenzo hace bien. Cuando Costa por fin le ha cedido la palabra, lo primero que ha dicho Santiago Lorenzo ha sido: ‘Hacer un silbato de un hueso de melocotón es lo más fácil del mundo: necesitas un hueso de melocontón y una pared. Vas caminando a lo largo de la pared mientras frotas contra ella el hueso de melocotón. El hueso de melocotón se desgasta, soplas por el agujero y silba. Así de fácil’.


Si los hermanos Susmozas, los tres protagonistas de ‘Los huerfanitos’, producen casi desde la primera página de la novela una lastimica infinita (les cae sin comerlo ni beberlo un marrón encima que tiene todo rato al lector con el corazón en un ay, pensando esto va a acabar fatal), comprenderán que después de descubrir que Santiago Lorenzo es de los que hacen pim-pam y te solucionan el enigma del silbato, una se quede preguntándose ‘¿será posible que este tipo tan resuelto haya puesto en semejante brete a los protagonistas de su libro?’

‘Los huerfanitos’ es la novela del enredo, de la bola que cada vez se hace más grande. La historia del estos tienen la negra, del vaya panda de desgraciados. Los Susmozas son tontos como uno solo puede llegar a serlo cuando se le mete entre ceja y ceja que esa misión imposible la va a subyugar sí o sí como se llama fulanito.

La risa del lector ante la desgracia de los Susmozas viene dada porque Lorenzo va dosificando pistas al espectador, las mismas pistas que escatima a los Susmozas o que los Susmozas no quieren ver, que hacen que uno vaya pasando páginas pensando ‘ay ay ay…’ hasta que por fin, patapam, uno muerto; o patapam, todos a urgencias. Y el lector, que lo veía venir, venga a reír, venga a volver a pensar qué desgraciadicos los Susmozas.

Cartel de una película de Santiago Lorenzo

Y así, poco a poco, la novela va avanzando con ritmo seguro, hacia adelante, hacia lo que pinta como el fracaso más absoluto que de tan concienciudamente construido parece no poder más que fracasar también.

Y así es: el final de ‘Los huerfanitos’ es el fracaso del fracaso en el más vilamatiano de los sentidos. Pero esto no voy a explicárselo, léanse la novela este verano, cuando más calor haga, tirados en el sofá, verán cómo se mueve la historia, verán cómo no pueden decidir entre ponerse a repartir abrazos entre los Susmozas o ponerse a jalear para que el Pigalle, ‘La vida’, la Brigada Guajardo, los Evocaciones y todas las cosas y personas que descubrirán qué y quién son leyendo el libro, se vayan al garete de una puñetera vez.

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